lunes, 17 de abril de 2017

Abancay - Limatambo 107 Km



2298 m - 3992 m

Desde Abancay, 35 km subida al Nevado de Ampay 3992 m. Luego bajada de 52.6 Km hasta los 1855 m de altura llegando al río Apurimac, cruzando el puente Cunyac para bordearlo posteriormente por su izquierda. Más adelante progresiva subida de 17.4 Km en la orilla izquierda del río Apurimac hasta llegar a Limatambo situado a 2524 m de altura.





Ese día me desperté más tarde de lo habitual, ya que también me había acostado bastante tarde. Dormí muchas horas y descansé muy bien. Me di una vuelta mañanera por Abancay disfrutando de un día estupendo. El sol brillaba en todo su esplendor mientras los escolares trajinaban por las calles dispuestos a ir al colegio y las madres con los más pequeños a la espalda se desplazaban a sus quehaceres diarios.

Desayuné algo y anduve recorriendo la Plaza de Armas donde lucia en amarillo y la iglesia de Abancay, también llamada Catedral de la Virgen del Rosario.
























































Poco después monte en mi “caballo” de alforjas. La primera subida para salir de Abancay se me hizo pesadísima, aunque aquello no era nada comparado con la llegada a la periferia de Abancay. No exagero nada si digo que era una cuesta del 25%. Haciendo eses y resoplando como un búfalo herido, decidí claudicar y poner pie a tierra. Era la primera vez, pero me permitió sobrevivir. Dos Kilómetros andando después, la pendiente se normalizaba. Vamos que era de un 14 o 15% y a ritmo tranquilo podía subir a mi bestia metálica y a mi mismo.

Me lo tome con calma, ya que 35 Km de subida tomaría su tiempo. En esta subida paré varias veces a comer y beber, a descansar o cambiarme de ropa. Ya que empecé achicharrado de calor en las primeras rampas y como casi siempre en la cima la temperatura bajaba bastante. Pero incluso en plena subida a veces se nublaba y las corrientes de aire hacían que necesitara un maillot de manga larga.

Después de unas cuantas horas subiendo con sus respectivas paradas llegue a la cima.

Una vez arriba todavía me quedaba una deliciosa bajada de 52 km hasta el río Apurimac. Como casi siempre en estos puertos larguísimos había recorridos más llanos e incluso ciertas subidas.

Al empezar a bajar me sentía pletórico. En las bajadas disfrutaba muchísimo. Desde arriba se veía un horizonte lejanísimo; el que permitía una cima de casi 4000 m. Era delicioso el dejarse llevar y contemplar el paisaje. Y aunque pedaleaba bastante, el esfuerzo no tenía nada que ver con subir.

En las subidas iba en modo introspectivo, mi dolor y yo, negociando el sufrimiento. Todo para dentro casi nada para fuera. En cambio en las bajadas mi cabeza adoptaba el modo exterior, observando y disfrutando lo que había a mi alrededor todo el rato. Cualquier cosa o paraje interesante era motivo de parada, charla y fotografía. En las subidas, una parada me rompía el ritmo y no veía las cosas de la misma manera.

Ahora me enfrentaba a una maravillosa gran bajada, lo que implicaba cierta relajación y disfrute.







Cuando llevaba un 30 minutos bajando, tuve que parar a ponerme un segundo malliot de manga larga. Luego continué observando las praderas verdes que se asomaban curva tras curva. En una de las laderas a mi derecha distinguí unos puntos coloridos que se movían sobre una tierra bien arada. Separados de esos puntos otros tantos de color rosa. No sabía exactamente lo que estaba viendo, pero me llamó la atención tanto que decidí parar y hacer fotos. Pronto descubrí que eran agricultores los puntos en movimiento. Y que los puntos rosas estáticos eran sacos en el suelo. Desde una pequeña construcción a lado de la carretera vi como recogían los sacos. En fila india fueron subiendo los agricultores con ellos a la espalda hasta llegar hacia mi. Los depositaron en el suelo y todos ellos hacían una montonada multicolor, ya que el contenido de su recolección eran zanahorias; frescas, estupendas y grandes zanahorias.

Hablé con uno de los agricultores, que rápidamente me interrogó por mi viaje origen y destino. Descubrí con el tiempo que si ellos hacían las preguntas primero luego me dejarían preguntarles a ellos y me contarían cualquier cosa. Así que después de contarles algo de mi periplo en bicicleta, me contaron algo de ellos. Muchos eran familiares, y entre ellos había mujeres y niños. Los hombres lucían caras curtidas de las alturas y de su vida al aire libre. Estaban contentos y orgullosos de su recolección.

Quise hacerles unas fotos y ellos posaron gustosamente y entre risas. La verdad es que tiré unas cuantas. Posaron por grupos , incluso los más pequeños se prestaban a la labor. Una de las niñas lloraba al no querer verse sentada en un saco donde su madre la había colocado para el retrato.

Finalmente yo también pose en alguna foto con esta gente afable y buena.

Me despedí de ellos con cariño. Miré una vez más hacia atrás antes de dejar de verlos en la primera curva. Allí seguían despidiéndome con la mano.




























Bastantes kilómetros mas abajo y donde la pendiente era algo mas suave, apareció una pradera que acogía un gran campo de fútbol . En los márgenes de este la gente se agolpaba sentada al sol. Mujeres mayoritariamente con niños a su cargo, tomaban refrescos y algo de comida en aquel sábado soleado y de cielos limpios.

Curiosamente el partido sólo lo jugaban mujeres. Todo eran mujeres con niños o muchachos. Algunas abuelas cuneaban cariñosamente a sus nietos.










Después de un rato viendo el panorama seguí bajando en un deslizarse sin fin.


La siguiente parada coincidió en un puesto de carretera plagado de fruta; grandes y fresquísimos mangos como balones de rugby. El puesto se encontraba al pie de unas casitas. Aproveché para comprar un mango tamaño medio, bebida y descansar.





















































Pasados unos cuantos Kilómetros, llegué al río Apurimac, situado por aquí a 1855 m de altura. Lo bordeé por la derecha ya que la carretera discurría por esa orilla. Aquí el trayecto era bastante llano.

El puente Cunyac servía para que la carretera cruzara el río de derecha a izquierda. Así que el recorrido discurría por ese lado a partir del cruce.

Aunque se hicieron algo pesados los 17 Kilómetros finales hasta Limatambo situado a 2522 metros de altura, la belleza de los cañones por el que discurría el río me dieron el aliciente suficiente para que fuera una subida relativamente placentera. Además esta vez llegue de día al pueblo.

Una vez en el pequeño pueblo de Limatambo me dispuse a buscar alojamiento. Encontré una especie de posada en la plaza del mercado. No había mucho más donde elegir. Al entrar en la posada se atravesaba un gran y antiguo portalón que daba a un patio interior con algunos arboles y hierba en el suelo. Dentro había algunas edificaciones pequeñas que rodeaban a ese patio. Estas edificaciones eran de cal blanca con puertas y barandillas pintadas en azul cobalto. En el piso superior de una de estas casas había varias habitaciones disponibles. En una de estas me aloje. Eran habitaciones bastante espartanas pero decentes. De todas formas siempre tenía mi saco para ponerlo encima del colchón si hiciere falta.

























Después de dejar mis cosas salí a cenar. En un restaurante del pueblo comí bastante bien. No tardé en volver ya que me sentía bastante cansado ese día. Así que cuando me quise dar cuenta estaba dormido.

Al día siguiente me esperaba Cuzco la ciudad de los reyes Incas.



domingo, 29 de enero de 2017

Andahuaylas- Abancay 120 Km




 Desperté casi con las primeras luces . Del sol, ni rastro, una espesa niebla hacía que no se viera nada a 20 metros. En ese momento hacía bastante frío, así que me abrigué bastante pero sin excesos, ya que me quedaban 17 km de subida y algo terminaría sudando.

 Monté en la bici y empecé a pedalear con ganas para quitarme el entumecimiento. Es ese momento llevaba mis guantes de alpinismo, unos que también aguantaban hasta menos 15 grados centígrados. Me los ponía a primeras horas del día en zonas montañosas o muy frías, ya que lo primero que se enfría en la bicicleta es la cabeza y las manos. Eran incómodos por su gran grosor, pero cumplían su función. En cuanto pasaba esa primera hora cambiaba los guantes por otros también largos pero ya específicos para la bicicleta y de menos capacidad calorífica. Tenía otros guantes cortos para las horas centrales del día, ya que en algunos lugares se llegaba a los 22 grados.

 Cuando llevaba 5 km la niebla quedó a atrás y por debajo. Así que el sol estaba esperándome para coronar el puerto. Empecé en 3550 m de altura y terminaría la subida a 4131 m.

A 12 Kilómetros de coronar el puerto me empecé a encontrar mal. El agua se me había acabado a mitad de noche a pesar de llevar mucha. La sed acumulada hizo que me bebiera toda. También tenía bastante hambre y no me quedaba comida.








A 5 km Kilómetros de finalizar el puerto me llamó la atención el de movimiento dos niñas de unos 4 o 5 años jugando al lado de una pequeña casa. Hacía un buen rato que no veía ninguna. Según iba en la bicicleta giré mi cabeza asombrado por la belleza salvaje y gastada de las niñas. Eche el pie a tierra y pude observar como ellas miraban extasiadas mi bicicleta cargadísima y con esas alforjas rojas.

 En otro lugar lo describí así:

 "Tras muchos días de periplo peruano-boliviano, el último pueblo había quedado atrás 30 kilómetros antes. Sólo algunas llamas miraban de reojo al escuchar mi resuello mientras me peleaba con el camino. Me había quedado sin agua y sin comida a 4.200 metros y sin poblaciones por delante. Una sencilla casa de adobe humeaba al doblar la curva, quizá mi última oportunidad de conseguir agua y comida en la cordillera de Andahuaylas. En la puerta, dos niñas casi idénticas de unos cuatro años jugaban sentadas. Caras curtidas y quemadas por el sol, la altura y el frío seco de los Andes peruanos. —¡Hola! Por respuesta, sonrisas y miradas cómplices. —¿Están vuestros padres? —¡Ji ji ji! Las niñas observaban asombradas mi enorme montura a pedales con grandes alforjas rojas. Su abuela salió y me invitó a pasar a la vivienda. Una sopa de verduras de caldero de leña y pan recién hecho eran una bendición para reponer fuerzas y seguir mi camino hacia el lago Titicaca. Agradecido enormemente, quise pagar por la hospitalidad, pero la mujer negó con la cabeza y me despidió con una sonrisa" 

 Esto fue así, pero hubo mucho más; Al principio estaban las niñas solas y sonreían jocosamente al verme . Después de la primera toma de contacto saqué mi cámara y les hice unas cuantas fotos. Eran unas caras únicas, preciosas y curtidas a la vez, con el moquillo a medio colgar de sus rojas narices. Los jerséis, pantalones y gorros que llevaban les daban otro toque de color añadido. Estuve tirando fotos y fui capaz de olvidar mi sed, hambre y malestar general mientras lo hacía.
Cuando salió la abuela le pareció bien posar para mi y conmigo. Luego vino el ofrecimiento de sopa deliciosa con pan que me hizo resucitar.
 Antes de irme quise grabar en vídeo a las pequeñas. Justo cuando grababa, apareció la madre de las niñas. Con paso decidido les dio unos grandes azotes . Nunca supe porqué lo hizo y allí quedó grabado en mi vídeo resumen del viaje. Creo que pudo ser porque  las puse al otro lado de la carretera para grabarlas con las vistas detrás. Seguramente y aunque no había casi tráfico por allí, ellas tenían aviso de no cruzar nunca y por eso la madre les dio unos azotes. Me sentí muy culpable, pero no pude disculparme ya que la madre las metió para dentro de casa de manera brusca y enfadada. Así que allí nos quedamos mi salvadora (la abuela) y yo. Fue cuando antes de irme quise pagarle esa deliciosa sopa y pan recién hecho. Fue también cuando me sonrió y se despidió de mí sin dejar que le diera nada.
 Gente humilde y sencilla ofreciendo todo lo que tienen.

Me fui pedaleando de allí pensando en esta familia que vivía a 4000 m de altura. Con nuevas fuerzas gracias a la comida ofrecida, terminé el puerto con bastante brío y alegría por haber vivido una experiencia así y sobre todo por ver que existe gente maravillosa.

























































Nada mas coronar el puerto se llanea unos tres kilómetros. En ese llano, con unas vistas impresionantes de la montañas a la izquierda, una docena de mujeres  andaban recolectando patatas. Iban vestidas con sus coloridos vestidos andinos y la escena parecía increíblemente bella. No tuve más remedio que parar otra vez.
Un poco más allá otra hilera de hombres trabajaba también en los mismos cultivos. Alguno de los hombres se acercó al verme conversando con las mujeres.
Hablamos un buen rato.  Me preguntaron que de dónde era, a qué me dedicaba, cual era mi destino en bicicleta, los años que tenía, familia e hijos.. en fin un buen escrutinio.
Mientras hablábamos las muchachas más jóvenes se reían de cualquier cosa que dijera, parecía que todo les hacía gracia.

Me despedí de los agricultores y empecé la bajada del superpuerto. 91 Km de bajada hasta el rió Pachachaca. Descenso desde los 4142 m de altura hasta los 1750 del río. Bueno, en ese puerto enorme de bajada había "pequeñas" subidas y llanos, incluso un buen puerto de subida de 15 km. Es lo que tienen estas supermontañas con sus súper puertos. Son tan gigantescos e impresionantes que en su camino cabe todo; grandes y variados bosques, ríos inmensos y medianos, riachuelos, lagos preciosos como cristales,, ovejas , llamas y toda clase de rapaces. Zonas áridas y rocosas, minipueblos y pueblos mas grandes, cultivos de maíz y todo tipo de cereales... Todo estaba en cada puerto, incluida diversión y aventura. Aquello era una una infinita bajada con ríos donde la gente lavaba la ropa, pueblos con gente en sus calles, laderas infinitas que daban a valles únicos. De vez en cuando alguna subida dura. Después de una de estas, paré a comerme unos panecillos que había comprado en un pueblecito. Sentado entre mariposas que revoloteaban a mi alrededor y disfrutando de un dia soleado y maravilloso. En ese momento me encontraba en manga corta y pantalones cortos, pero antes anduve abrigado hasta las cejas al principio de la bajada del puerto.


















































Al llegar a la parte alta del "minipuerto" de 15 km de trocha (camino de arena), todo lo que quedaba eran 37 km de bajada limpia hasta el río Pachachaca y un total de 50 hasta Abancay. Ese día haría una buena tirada : en total 120 Km rompepiernas. Sobre todo el final. con la subida infinita hasta Abancay.
La subida a Abancay fueron 12 km en nocturnidad casi absoluta que no se acababan nunca que ya contaré.
Ahora estaba en lo alto de ese minimuerto con unas vistas extraordinarias de Abancay. Allí había dos mujeres que uno no sabe de donde pueden salir en esas alturas. Una paseando a su perro y otra con una madeja de lana. Tenía la lana en bruto y la iba refinando en la madeja mientras paseaba. Aproveché para tirarles unas fotos y hacerme yo alguna . Luego me lance hacia el tramo final. 


Abancay estaba ahí abajo en la ladera de enfrente a 50 km. Se veía una gran población, inmensa, inclinada y alargada en la ladera de enfrente del siguiente puerto. Parecía que Abancay estaba cerca pero estaba a esos 50 km engañosos. En 30 km se bajaba hasta el río Pachachaca desde los 3400 m hasta los 1759 m . Luego había que llanear 7 km hasta el puente nuevo para luego subir a Abancay. Cuando crucé el río unos hombres me dijeron que si hubiera cruzado el puente viejo me hubiera ahorrado 10 km. Tarde me enteré.






 Entonces ya casi era de noche. Encendí las luces de la bicicleta y me dispuse a subir una carretera asfaltada que no terminaba nunca. Otra vez de noche y con 12 km hasta Abancay, más otros pocos hasta el centro de la población. Eternos es poco, se me hicieron insufribles, mas por cansancio mental que físico.
Entré en "modo continuo": a ir pasando una curva tras otra. Todas negras como boca de lobo. Aquí no hay tendido eléctrico, nada más que en las poblaciones y no mucho. Ni si quiera líneas o reflectores de plástico en las carreteras.
Camiones inmensos pasaban a mi lado subiendo y otros a toda marcha bajando. Olor intenso a pastilla de freno en los Andes, casi mascábalo.
 « A ver si en esta curva aparece el pueblo». Nada!! así una tras otra, con una pendiente inaguantable para mi cuerpo ya cansado. Pensé en no esperar el pueblo en cada curva y solo esperarlo cada diez curvas. Cada diez curvas anhelaba la llegada a Abancay, no antes, para que los Km corrieran y diera tiempo a llegar.
En una curva apareció una especie de bar de carretera. Si no fuera por la luz que se reflejaba fuera, me hubiera parecido imposible que un sitio donde reponer agua apareciera de repente en aquella oscuridad.
Compré una coca-cola de medio litro y una botella de agua. la cocacola me la trinqué allí mientras recuperaba el resuello. ¡Que rica! el azúcar de esta me sabía a gloria. En ese momento todo me sabía a gloria. Pregunte a los dos hombres que había en el bar (el dueño y un único cliente) que cuanto me quedaba. Cuando me dijeron que apenas dos Kilómetros, mi alegría era contenida. A lo largo de mi viaje en bicicleta, descubrí con cierta gracia que aquí no se tiene medida de lo que es un Km. Te podían decir que quedaban 5 Km y en realidad eran 20.
Aquí es raro que la gente vaya en bicicleta, lo normal es en autobús o coche. Así que lo de los dos Km no me lo creía. E hice bien en no ilusionarme demasiado, ya que una vez en la carretera continué con mis interminables curvas en pendiente perpetua.

5 Km después vi las primeras luces de Abancay. ¡Qué alegría! En realidad eran solo las 8 y vente de la noche, pero ya llevábamos casi dos horas sin sol.

Como casi siempre que entraba en una población, lo primero que me recibía era una jauría de perros ladrando. Salían de sus casas y se animaban al verme. A veces amagaban con morder, otras se limitaban a perseguirme a ciertos metros de distancia. Los mas atrevidos rozaban mis ruedas. Al principio de mi viaje les gritaba y parecía que por un segundo se retiraban, pero volvían rápidamente al ataque. Así que opté por hacerme el sueco. Este patrón se repetía una y otra vez en cada población, ya fuera pequeña , mediana o grande.
 Algunos cicloturistas que me encontré llevaban varas de bambú para defenderse de los perros. A mi no me hizo falta. Tengo una perrita y les tengo mucho cariño a estos animales. Pero aquellos estaban totalmente asilvestrados y dejados de la mano de Dios o del diablo.   Un ser en bicicleta con cuatro alforjas y bultos varios, a ritmo lento y resoplando, era un bulto raro y no asimilado en esas tierras por los chuchos. Los perros tenían asumido ruidos de coches, camiones y motos, incluso peatones a pie. Para ellos yo representaba un ser nuevo y de otro mundo.




 Me aloje en u hotel del centro y me duché rápido. Esa noche comí en un chino cantidades industriales de arroz con pollo con una gran cerveza peruana (Cristal) de 800 cc. Después paseé un rato por esta animada y poblada población de casi 60000 habitantes. Más tarde Chateé con Marga y los niños aprovechando el WF del hotel. Compré algunos bollos y mucha bebida para comer y beber antes de acostarme y durante la noche.
Esa vez tarde en dormirme, estaba tan cansado que me costo conciliar el sueño. Al día siguiente afrontaría la subida del nevado Ampay 3993 m dirección Limatambo.

viernes, 27 de enero de 2017

Chincheros-Andahuaylas + 15 Km = 103 Km




A primera hora de la mañana y con las primeras luces del día, salí de Chincheros (2850 m) . 15 Kilómetros después atravesé Uripa (3200). Desde Uripa se pasa de los 3200 m a 4309 m en 25 km, con la culminación del puerto. En realidad desde el río Pampas del día anterior que está a 1975m de altura, no terminas de subir hasta superar ese puerto de 4309 metros.

Este día fue bastante fructífero, ya que me entretuve poco haciendo fotografías. Apenas paré algún momento a comer algo de fruta y panecillos que llevaba.
 Respecto la comida comentaré que tenía que intentar comer a todas horas. Resulta que tenía un problema grave de adaptación a la ingesta calórica. Necesitaba unas 5000 calorías al día y mi cuerpo apenas me pedía la mitad. Desde mis tiempos de maratoniano, cuando tenía que comer grandes cantidades de hidratos para reponer la gran cantidad de calorías perdidas por el gran volumen de trabajo, no había necesitado comer tanto. De hecho la práctica de mi ejercicio diario era un trayecto de 12,5 km para ir al trabajo y otros tantos de vuelta en bicicleta, más algo de carrera continua el fin de semana. En realidad deporte salud sin excesos ni lesiones. Por lo tanto mi ingesta tampoco era muy grande en mi vida ordinaria. De hecho me he acostumbrado a comer relativamente poco. Pero ahora me veía obligado a comer como una bestia si no quería consumirme. Como grandes comidas no me entraban a pesar de tener bastante hambre, empece a comer a cualquier hora del día. Siempre había un momento para comer fruta, pan. o parar en un puesto de carretera o pueblo a comer mas formalmente. En realidad hacía las dos cosas.



Pronto descubrí que en casi cualquier parte que vendieran pan, podrían prepararme dos o tres huevos fritos que encima eran de granja. El pan y los huevos no pasaba del euro muchas veces en soles peruanos Otras veces paraba en una especie de restaurante de carretera al lado del río que me tocare atravesar. Allí me hacían un trucha de río fresquista con arroz. Otra vez a un precio muy económico. Lo de precio económico no siempre no fue así, ya que en las grandes poblaciones como Lima, Cuzco o Puno, los precios suben muchísimo. Bueno, el resultado es que a base de comer a todas horas conseguí llegar a una ingesta calórica muy generosa. Lo que no impidió que adelgazara bastante, a pesar de ser bastante delgado de antemano. Esto se debía entre otras cosas a que mi adaptación a los caminos y carreteras y distancias enormes fue más rápida que mi ingesta calórica. Pronto vería que era capaz de estar todo el día pedaleando. En realidad no tenía nada mas que hacer. De sol a sol que eran unas 12 horas aquí en el Perú. Podía hacer fácilmente 60 Km de una tacada, descansar , comer y hacer fotos, hablar con los lugareños, seguir otros 40 Km, volver a comer... otros 20 más. Tenía todo el día para mi y mi cabalgadura, a ritmo lento, ritmo de caballo, como Pizarro. No se me escapaba nada y era maravilloso sentir el aire y el sol de los Andes en la cara, en el alma.


















Después del pasar Uripa y según iba ascendiendo el puerto, paré un momento a fotografiar los bellos y rojisimos cultivos de quinoa, cereal que esta muy de moda en Europa y otras partes del mundo por su capacidad nutritiva. Destacaba su rojo color entre el verde inmenso de las montañas de los Andes. 

88 Km después de salir de Chincheros llegue a Andahuaylas donde pensaba dormir, pero me pareció una población muy ruidosa y todavía quedaban algunas horas de luz. Así que me atreví con algunos Km más de subida. No muchos más, sólo 15. lo suficiente para alejarme del bullicio y plantar la tienda en algún lugar agradable. Había comprado comida y bebida en aldahuaylas y cenaría tranquilamente en mi tienda.

Justo a 15 km del puerto empieza un llano de unos 4km para luego seguir subiendo. En ese llano decidí quedarme. Todavía con mucha luz, ya que eran las 4:30 de la tarde, tenía dos horas de sol por delante para montar la tienda y cenar. Allí en la planicie me encontré con algunos ganaderos y ganaderas. Los primeros me enseñaron las patatas pequeñas que tenían secándose al sol. El Chuño o Chuno como lo las llaman aquí.



El chuño es uno de los elementos centrales de la alimentación indígena y, en general, de la gastronomía de la región altiplánica de América del Sur, particularmente de Bolivia y del Perú, En realidad se somete a la patata a diferentes periodos de exposición al sol y heladas, al final la patata termina perdiendo su agua. Para la chuñificación se extienden en suelo plano, cubierto de pajas, dejándose congelar por la helada, durante tres noches aproximadamente. Luego se retiran del lugar donde se congelaron, se dejan al sol y se procede a pisarlos para eliminar la poca agua que aún conservan los tubérculos ya congelados. Después de este proceso se vuelven a hacer congelar una vez más. Resulta que la patata así tratada puede ser conservada incluso por años.
 Hay dos variantes, el Chuño» o «chuño negro» y la «Tunta», «Moraya» o «chuño blanco».
En realidad de las patatas de Perú y Bolivia podría hablar horas. Allí tienen una gran variedad en tamaños, formas sabores y colores. Amarillas, alargadas como pepinos, rojas y gordas, naranjas. En realidad son casi infinitas.


 Después de ver los diferentes chuños entendidos por el suelo, me entretuve hablando algo con algunas ganaderas que llevaban un rebaño de ovejas, vacas y algunos cerdos. Algunos perros pastoreaban a todo este ganado con gran soltura.

 Al final me quede a dormir en un pequeño pajar donde almacenaban patatas. Con mi aislante y mi supersaco dormiría calentito y cómodo. Llevaba mi saco de plumas del Kilimanjaro con capacidad de hasta 22 bajo cero, y aquí raramente bajaba de menos cinco por la noche. Después de tanto pedaleo no me costaba conciliar el sueño. Siempre cerraba los ojos pensando en mi próximo destino: Abancay