sábado, 17 de febrero de 2018

Sucre I


Potosí-Sucre 156 Km: 75 Km en bicicleta- 81 Km en camioneta.







Salí de Potosí sobre las 13 horas. Después algunos días sin pedalear, cogí la bici con ganas.
Para salir de Potosí tuve que subir un pequeño pero empinado cerro. Eran 156 Km de distancia donde uno empezaba a 3900m en Potosí y terminaba a 2800. Un buen recorrido, ya que a pesar de que la carretera tenía toboganes se iba bajando progresivamente.

Nada más dejar el núcleo urbano y aparecer en campo abierto, algo de color rojo y azul bastante llamativo y en un lateral de la carretera, llamo mi atención. Al lado de esos colores, había un grupo de personas, algunas sentadas y otras en pie. Eran agricultores pisando y secando chuño.
Como en otra entrada expliqué. El chuño son patatas de pequeño tamaño secándose al sol. El azul y rojo llamativo eran grandes plásticos donde depositaban las patatas. Otras se secaban directamente en el suelo.

El Chuño o Chuno como lo las llaman aquí. El chuño es uno de los elementos centrales de la alimentación indígena y, en general, de la gastronomía de la región altiplánica de América del Sur, particularmente de Bolivia y del Perú, En realidad se somete a la patata a diferentes periodos de exposición al sol y heladas, al final la patata termina perdiendo su agua. Para la chuñificación se extienden en suelo plano, cubierto de pajas, dejándose congelar por la helada, durante tres noches aproximadamente. Luego se retiran del lugar donde se congelaron, se dejan al sol y se procede a pisarlos para eliminar la poca agua que aún conservan los tubérculos ya congelados.
Después de este proceso se vuelven a hacer congelar una vez más. Resulta que la patata así tratada puede ser conservada incluso por años.





































Hay dos variantes, el Chuño» o «chuño negro» y la «Tunta», «Moraya» o «chuño blanco».
En realidad de las patatas de Perú y Bolivia podría hablar horas. Allí tienen una gran variedad en tamaños, formas sabores y colores. Amarillas, alargadas como pepinos, rojas y gordas, naranjas. En realidad son casi infinitas.
Estuve un rato hablando con los agricultores. Una de ellas pisaba en ese momento las patatas en una especie de barreño enterrado en el suelo, que estaba fabricado con restos de caucho de alguna rueda. 

Continué mi viaje dejando atrás a aquella mujer que bailaba sobre las patatas con sus pies descalzos. El día era radiante como casi todos en el invierno andino.
Recorrí la carretera recreándome en las laderas verdes que me daban la bienvenida. Paré una vez a comprar bebida y algo de comer.
Después de 75 Km un todoterreno pick up redujo su marcha hasta la velocidad de mi pedaleo. Me saludaron con efusividad. Paramos ambos y entablamos un conversación.
La camioneta era un todo terreno de color azul marino, llantas rojas y techo blanco. Tenía unas letras en amarillo y naranja en el lateral de sus puertas. “Hermelinda Express” decía . Eran cuatro en el vehículo: una pareja y un joven de unos veintipocos años que tenía un pequeño de unos 6 o 7. Se dedicaban a una especie de circo ambulante y de entretenimiento en diferentes eventos, ya fuera cumpleaños comuniones o lo que se terciase.





Resultaron ser muy simpáticos y totalmente atípicos a cualquier persona que me había encontrado en mi viaje. Ella se llamaba Hermelinda como la camioneta y hacían un pareja graciosa y bien parecidos.
 Se ofrecieron a llevarme a Sucre en su camioneta ya que ellos volvían de Potosí de realizar una actuación y regresaban a Sucre donde vivían. Mi viaje había terminado en el Salar de Uyuni. Era el final de mi recorrido. Todo lo añadido era una prorroga antes de marcharme a La Paz a coger mi vuelo. Como el tiempo era escaso y mi avidez por conocer enorme, acepté el ofrecimiento, sabiendo que esto me haría ganar una noche ( que iba a pasar entre Potosi y Sucre). De esta manera llegaría a Sucre esa misma noche.
















































El viaje fue muy entretenido y duró más de lo esperado. Primero porque eran carreteras de un solo carril por sentido y muy sinuosas. Luego porque de vez en cuando tuvimos que parar porque las pastillas de freno se recalentaban y el coche no frenaba. Y como he dicho antes, en un recorrido de toboganes a veces tocaba bajar bastante y eso de ir sin frenos era peligrosillo.
Entre parada y parada jugábamos a hacer malabares que curiosamente a mi no se me da nada mal, al igual que los equilibrios. El joven con su hijo viajaban en la parte de atrás, en la caja del camión. Iban tapados con mantas. Yo me ofrecí a viajar así pero no hubo manera. Por lo visto ellos estaban acostumbrados a ir en la caja. A mí no me hubiera importado, pero me ofrecieron uno de los tres asientos delanteros. Digo delanteros, pero en realidad no hay traseros. Solo que los que hay como única línea son enormes.
En una de las paradas el joven padre de cuyo nombre no me acuerdo, me enseñó un monociclo que no podían usar porque estaba pinchada la cámara. Así que les regalé mis dos cámaras de repuesto que me quedaban y muchos parches modernos de esos que se pegan y ya está. El joven padre estaba encantado con mi regalo. Puso una cámara de 26 en una rueda de unas 20 pulgadas mucho más pequeña. La cámara se plegó dentro de la cubierta pero una vez inflada cumplía su función. Y allí mismo en el arcén de la carretera se marcó unos equilibrios imposibles en su monociclo.
De esta manera les podía devolver algo el favor. Aunque me da rabia no acordarme del resto de los nombres. Es lo que pasa cuando uno escribe el blog muy poco a poco, jaja.

Por el camino paramos para ver el antiguo puente de Sucre sobre el río Pilcomayo. Una autentica joya colgante.
Ya de noche llegamos a Sucre y me ofrecieron pasar a su casa que era grande y con un gran patio interior. No quise entretenerme más y me despedí de ellos dándoles una vez más las gracias. Me dirigí al centro en busca de hospedaje.
Me quede en hostal muy chulo con una habitación estupenda. Hoy tocaba a lo grande y la ciudad lo merecía.
Después de alojarme salí a cenar, pero antes tuve tiempo de tomar el pulso a la ciudad. Mucha gente paseaba y daba alegría a la a la población de Sucre. Gran cantidad de puestos callejeros servían todo tipo de comida, entre ellos destacaban los de hamburguesas de carne, huevo y vegetales. Me tomé un par de estas.
Era una suerte que mi hotel estuviera muy cerca de la Plaza 25 de Mayo, justo en el centro de Sucre, ya que de un vistazo rápido me hacía una idea de la ciudad.

Preciosa apareció ante mí la Basílica de San Francisco de Charcas con su fachada blanca, al igual que muchos edificios y casas de Sucre son de ese color. Por algo a Sucre también se le llama la ciudad blanca. Incluso de noche se apreciaba esa blancura en su arquitectura. Algo que al día siguiente vería mucho más resplandeciente con la luz del sol.
También pude apreciar la perfección y belleza de la fachada del Gobierno Municipal. Un poco más allá emergía la Catedral Metropolitana de Sucre.
 Una ciudad maravillosa, hay que tener en cuenta que en Sucre nació Bolivia.

Sucre es la capital histórica y constitucional de Bolivia además de ser sede del Poder Judicial del país. Es también capital del departamento de Chuquisaca. En Sucre se resume la historia de Bolivia colonial, desde sus orígenes más antiguos.
Antes de la llegada de los españoles, la ciudad de Choquechaca tenía autonomía propia con respecto al Imperio inca (los charcas fueron el único pueblo que no pagó el rescate del cautivo Inca.
Sucre tiene hoy en día cerca de 300000 habitantes.
El nombre de la ciudad proviene de uno de los personajes más importantes en la etapa de independencia de Bolivia, Antonio José de Sucre. Este es originario de la Venezuela actual.

 El título de «Patrimonio Cultural de la Humanidad», le fue dado a Sucre en 1991 por la UNESCO. Es la segunda ciudad en Bolivia que recibe esta distinción después de Potosí (1987). A raíz de este reconocimiento nace el Plan de Rehabilitación de las Áreas Históricas de Sucre.

Me fui al hostal a dormir cansado en un día muy completo.



































































A la mañana siguiente después de desayunar, bajé a la calle y la blancura de la ciudad de Sucre me sorprendió a la luz del día. Es una de las ciudades de arquitectura hispánica mejor conservadas en América, con calles empedradas, fuentes , iglesias antiguas, casas techadas con tejas de arcilla y con paredes blancas, características del diseño colonial. Una maravilla.

 Estuve viendo una vez más la Basílica de San Francisco de Charcas, impolutamente blanca y preciosa. Pero mi primer recorrido de ese día era ir al mirador de La Recoleta, desde donde se pueden apreciar unas hermosas vistas de Sucre.
Dejé las alforjas de la bici en el hotel pero me llevé mi bicicleta y mi cámara. Una empinada pendiente me llevaba hasta el mirador. Por el camino cientos de colegiales inundaban las calles para ir al colegio con su uniforme rojo. Luego por otras zonas vería otros colores de uniforme, pero estos deberían ser del mismo colegio. Los niños se entretenían en comprar cosas en puestos callejeros antes de entrar a clase. Allí también se encuentra el Monasterio de la Recoleta y los famosos porches de la plaza de Anzúrez, desde donde se aprecian las mejores vistas de Sucre.

Hice algunas fotos de e este estupendo mirador y luego me fui directamente hasta la estación de autobuses de Sucre para comprar mi billete a La Paz. El autobús salía al día siguiente por la noche. Todavía me quedaba el día entero y el de mañana, ya que al salir de noche me daba la oportunidad de disfrutar de Sucre bastante tiempo.

Mientras volvía en bicicleta al centro pensaba en la fascinante historia de Sucre.

Primera ciudad de Bolivia El 29 de septiembre de 1538, una expedición española proveniente de Cusco (Perú), dirigida por Gonzalo Pizarro, tomó la ciudad de Choquechaca, capital del Señorío de los Charcas La ciudad fue también conocida como Choquechaca (nombre originario del pueblo charca, hasta 1538), La Plata (1538-1776, durante el Virreinato del Perú), Chuquisaca (1776-1825, durante el Virreinato del Río de la Plata), La Ilustre y Heroica Sucre (desde 1825, a partir de la República, en honor al Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre) y otros nombres como «La Ciudad Blanca», «la Vieja» o «la Culta».

Sucre se encuentra a 2798 de altura en una cabecera de valles de clima cálido y seco. Está en medio de las tierras altas de la meseta andina y las tierras bajas de los llanos del Gran Chaco, límite entre los sistemas hidrográficos del Amazonas (ríos Chico y Grande) y los del Río de La Plata (Cachimayu y Pilcomayu). Las cadenas montañosas de Los Andes pierden altura y proveen un clima cálido y seco a este valle.

Tierra de frontera entre el Imperio incaico y los pueblos inconquistables de las tierras bajas, optó por someterse a los conquistadores castellanos al mando de Pedro Anzúrez en lo que hasta entonces se había llamado Choquesaca, transformándose a partir de ese momento en la nueva Villa de la Plata de la Nueva Toledo.
En los primeros años de dominación española, la ciudad sobrevivió a las luchas fratricidas entre las huestes de Pizarro y de Almagro, que prácticamente diezmaron su población. En 1555, el emperador Carlos V le dio el rango de ciudad y le concedió la Cruz de San Andrés como estandarte, reconociendo la legitimidad de su gobierno local y otorgando la administración sobre la explotación de la plata de las minas de Porco descubiertas en 1545, en Potosí.
En 1559 la ciudad se transformó en sede de la Real Audiencia de Charcas por orden de Felipe II,
























Una vez en el centro volví a los alrededores de la Plaza 25 de Mayo. Allí aprecié una vez más la belleza de la Casa del Gobierno Municipal. En la plaza también se encuentra un monumento que homenajea al general Antonio José de Sucre considerado como uno de los militares más completos entre los impulsores de la independencia sudamericana. El Gran Mariscal de Ayacucho, fue un político y militar venezolano, , así como un diplomático y estadista, presidente de Bolivia, Gobernador del Perú, General, Jefe del Ejército de la Gran Colombia y Comandante del Ejército del Sur.

En la Plaza del 25 de Mayo me senté en un banco y recordaba parte de la Historia de Bolivia:

Revolución de Chuquisaca Cuando Napoleón ocupó España entre 1808 y 1814, los chuquisaqueños concluyeron que «ni el Imperio es tan fuerte como se creía, ni las colonias tan dependientes como se pretendía» y decidieron tomar el camino de la libertad un 25 de mayo de 1809.
 El 6 de agosto de 1825, tras 15 años de lucha sangrienta, firmaron en el aula magna de la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca, fuertemente impregnada de los ideales de la Ilustración, la Constitución de la nueva República, Soberana e Independiente. Ese mismo día Jaime de Zudáñez fue liberado. La Revolución de Chuquisaca, es conocida como el «Primer Grito Libertario de América» y «la chispa que encendió la lucha libertaria de América».
Tan pronto es derrocado el gobernador de Chuquisaca, se envía emisarios del movimiento Republicano por todos los confines del virreinato de La Plata. En Potosí y La Paz, pequeños grupos realistas temen el rápido descontrol de la situación y optan por solicitar el apoyo del virreinato del Perú El virreinato del Perú, invade al virreinato de La Plata ya que este se encuentra debilitado por el asedio portugués y opta por enviar un ejército contra la Audiencia de Charcas y otro contra la Capitanía General de Chile.
Años y años de lucha y diferentes guerras de guerrillas contra el virreinato peruano desembocó en 1825 con la firma del acta de fundación de la República de Bolivia en la histórica Casa de la Libertad.
En 1839, después de que la ciudad se convirtió en la capital de Bolivia, fue rebautizada en honor del héroe venezolano Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre. Problemas internos hicieron que la administración pública se trasladara de hecho a La Paz en 1899 convirtiéndose esta última desde entonces en sede política y de facto de los poderes Ejecutivo y Legislativo después de una guerra civil entablada entre los poderes económicos de la plata y el estaño.
En 1991, Sucre fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.







 Después de pasear por el centro me fui a una de las visitas que más esperaba en Sucre, la del impresionante Mercado de los Campesinos.
Ese día fui por primera vez, pero al día siguiente volvería a visitarlo.
El mercado merece una entrada completa ya que es impresionante. Es es el mercado más grande en Sucre. Numerosos campesinos de Sucre y alrededores cercanos y lejanos venden sus mercancías en este maravilloso mercado callejero. Pero habría que decir en honor a la verdad que son cientos de campesinas las quedan el pulso al mercado, mujeres con sus hijos a cuestas vendiendo y comprando polleras, sombreros, tamarindo, anticucho, aguayos, frutas que llegan del Amazonas, que está a algunas horas de camino nada más, calabacines, tomates, pimientos, melocotones, melones, albaricoques, fresas, cerezas y mil cosas más… Una auténtica maravilla de mercado!




domingo, 14 de enero de 2018

Potosí





Después de dormir como una marmota, despertè temprano y con ánimo. Justo al lado de mi hostal se levantaban puestos callejeros y allí compre algunos plátanos que fueron mi desayuno.

Con muchas ganas me dirigí a la parte céntrica de la ciudad de Potosí. Según marchaba se podía ver enorme y gigantesco Cerro Rico, la montaña de la que se llevaban siglos sacando plata y que dio origen a la frase de "vales más que un Potosí", que hizo famosa Miguel de Cervantes en El Quijote


"Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondió don Quijote-, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote".

Miguel de Cervantes Saavedra,"Don Quijote de la Mancha"










































Pronto despertaban las gentes, eran la 7:30 de la mañana y había poco movimiento en las calles, pero me senté en un banco al sol y mientras daba cuenta de mis pequeños pero riquísimos plátanos, contemplaba las fachadas coloridas de unas calles cercanas. ¡Que hermosura de arquitectura colonial !

En ese momento contemplaba  una fachada que pertenecía a una unidad médica, eso decía en sus letras blancas sobre paredes moradas con unas balconadas en madera y sobresaliendo de la fachada.



Sabía ya lo que iba a ver en Potosí, grandes palacetes muchas iglesias mezcla de estilo Barroco, Renacentista y Mestizo, casas coloniales coloridas y de arquitectura sublime. Todo fruto de la enorme riqueza y poder que tuvo esta ciudad.

Y allí, en esta ciudad de 4067 metros de altura, se encontraba el Cerro Rico, un monte que se eleva sobre la ciudad y tiene forma del volcán. Este monte esta  horadado por miles de túneles en una explotación sin fin, se dice que hat  más de 5000 galerias.

 Dice la leyenda que en 1545 el pastor quechua Diego Huallpa hizo un fuego la las faldas de cerro para proteger del frío a sus llamas y así mismo.. Al despertar vio el brillo de la plata derretida por el propio fuego. Pronto contó lo ocurrido y llego a los oídos del Capitán  Juan de Villaroel, este  tomó posesión del cerro el 1 de abril de 1545 junto a sus hombres.














































Cuando terminé mi desayuno platanero me dirigí por la calle que da a la Catedral o Convento de San Francisco. Según caminaba el cerro se veía imponente y soleado mientras la calle estaba todavía en penumbra. La bella imagen estaba acompañada por el pefíl de la torre de la Catedral de San Francisco al final de la calle.

La casas ofrecían colores azules, anaranjados y verdes y el contraste era precioso.



Pensaba, mientras avanzaba por la calle, en lo que había leído días atrás de Potosí:

En tiempos prehispánicos, esta región estaba habitada por los aborígenes Charcas y Chullpas, así como por grupos mas pequeños de Quechuas y Aymaras. Estos pueblos sufrieron la colonización Inca y  trabajaron como esclavos para estos últimos para extraer metales de cerros de esta zona.



“Ptojsí” o “Ptoj” significa reventar o brotar; los españoles, lo terminaron pronunciando como Potosí.

Juan de Villarroel, era uno de los que explotaban las minas de Porco. Pero se  mudo a Potosí para sacar provecho de la plata. Entonces Potosí era una ciénaga insalubre muy expuesta a los vientos. Juan Villarroel se juntó con otros; Diego de Centeno, Juan de Cotamito, que llegaron a Potosí en abril de 1545 y la reclamaron  como suya en nombre del emperador Carlos I de España y V de Alemania.



Las riquezas del cerro fueron escandanlosamente grandiosas e  inagotables; la primera mina la llamaron La Descubridora. En1553, Carlos V le concedió a la ciudad un escudo de armas con un lema que alababa su riqueza y el titulo de Villa Imperial.

Estos primeros exploradores se asentaron en las casas de los nativos y en chozas improvisadas de la ciénaga que era Potosí.

El Virrey del Perú, Francisco de Toledo en 1572, decidió organizar Potosí y declaró oficialmente la fundación de la Villa Imperial de Potosí.

Emprendió obras para drenar la ciénaga y hacerla habitable, e instituyó el sistema de la “mita”, copiado de los Incas, para explotar las minas con los infortunados indígenas.

También el Virrey de Toledo quién mando construir en 1575, las lagunas artificiales que proveían de agua a la ciudad tanto para su consumo o para la minería. Se consiguió la canalizaron los deshielos de las cumbres de la serranía de Qari-Qari, cerca de la ciudad, y el agua de deshielo y lluvia se derivaba a las lagunas artificiales. En principio 5 y luego mas de 30, llamadas las Lagunas de Qari-Qari.












La ciudad era grandísima ya en esa época poblada por aventureros, soldados, fugitivos, hidalgos, frailes, artistas, letrados, La minería daba mucho pero también cualquier servicio que creciera en su entorno.

La bonanza hizo que se levantaran iglesias como La Anunciación y Santa Bárbara, luego siguieron muchas más. La mayoría con el precioso y ornamentado estilo de  Barroco Mestizo.

También se construyeron conventos, grandes casas palacetes para los adinerados y nobles.

Unas de las construcciones mas destacadas fue la Casa de la Moneda, Francisco de Toledo la ordenó construir en 1572, para acuñar moneda allí donde estaban los metales preciosos, en vez de mandarlo en lingotes a España. Luego se quedó pequeña y se construyó otra casa de la moneda en 1773.



Se dice que en el Corpus Christi en 1658 se quitó parte del empedrado de las calles del centro hasta la Iglesia de los Recoletos, y fue sustituido por  barras de plata. Aquí nació la leyenda de la ciudad americana donde todas sus calles eran empedradas en plata.



Después de callejear cerca del convento de San Francisco, derivé por otras calles igualmente coloridas. Salí a la Plaza del Estudiante y allí me topé de frente con la Iglesia de San Bernardo.

Es del año 1590, aunque la iglesia fue renovada totalmente alrededor de 1720. Luego fue utilizada en el siglo XIX como cementerio parroquial. Hoy en día se utiliza el convento como taller de restauración de arte para estudiantes.

Tiene un encanto especial por su claridad y particularidad de sus paredes; edificada en piedra sin labrar, toda la obra es de cal y canto.



Muy cerca de allí encontré la fachada de una casa en azul cielo y que alojaba una farmacia. Justo en la entrada había un tronco labrado cuya talla era una mujer rezando de rodillas.












































Pasé más adelante por la puerta del Mercado Central, en ese momento cerrado.

Aparecí en la plaza 10 de Noviembre donde pude apreciar la belleza de la Catedral Basílica de Nuestra Señora de  La Paz.

Basílica menor con estilo Barroco virreinal e influencia neoclásica en principio. Su fachada también es de piedra clara. Fue construida entre los años 1808 a 1838 en el sitio donde la antigua iglesia se derrumbó en el año 1807. Su principal impulsor fue el Fray Manuel Sanahuya..

El siglo XIX pasa a ser del estilo Neoclásico, con su representativa y nueva Iglesia Mayor, hoy Basílica Catedral correspondiente a los años 1808-1836, y cuyo autor fue el español, Fraile Franciscano y arquitecto de profesión Manuel de Sanahuja, introductor en Potosí del estilo Neoclásico,



Entre templos y templos vi despertar la ciudad y como había más transito por la calle. Algunas mujeres habían puesto sus puestos en la acera con frutas y hierbas y otras viandas. Una carnicería habría sus puertas con la mercancía al aire libre encima de un mostrador de madera.



Pregunté a un viandante por la visita a las minas. Para mi desgracia, al ser domingo  estas estaban cerradas y no pude conocerlas de cerca.

Sabía que había muerto muchísima gente trabajando en las minas desde el principio de la explotación. Primero con los españoles al mando. Pero incluso hoy en día siguen muriendo en menor medida e incluso hay niños trabajando en ellas, en una explotación humana sin fin.





















































Seguí mi camino y me detuve a contemplar la fachada en azul cobalto del hostal Compañía de Jesús con columnas blancas y ventanas barrocas también en blanco. Aquí cualquier edificio podía ser maravilloso. La verdad es que Potosí tiene una arquitectura colonial preciosa. Me recordaba en algunos aspectos a la bella Trinidad de Cuba.



Mas adelante en la esquina de las calles Bustillos y Héroes del Chaco, me encontré con la contundente y bonita fachada de piedra de la Iglesia de San Lorenzo de estilo Barroco Mestizo.



La gente se iba animando y algunos hacían la compra. Una mujer con su pequeña a la espalda iba de tienda en tienda. Como siempre las indígenas utilizan para  un aguayo para llevar a sus pequeños a la espalda.

Un aguayo es una tela rectangular usada como mochila, abrigo, adorno o para cargar niños, y literalmente significa pañal. Lo usan sobretodo las mujeres de ascendencia indígena. Es una tela muy colorida con franjas de colores que se alternan y con franjas con figuras simples.

Para que una tela sea considerada un aguayo es fundamental la contraposición de matices entre una y otra raya, y la alternancia de distintos grosores.

Se pueden hacer a base de lana de llama, oveja o de alpaca y se  tiñe con tintes naturales.

En  quechua se le llama awayo o lijilla.

No pude resistirme y tiré algunas fotos. Más adelante en Sucre y su famoso mercado de campesinos tuve oportunidad de contemplar muchas madres llevando a sus niños de esta manera.









Después de ver, observar y tirar algunas fotos a la población de esta bella ciudad, seguí mi camino sin rumbo.

Un poco más tarde me encontré con un templo notable, la iglesia de Santa Teresa de estilo Barroco Mestizo y con una fachada principal de color rojizo en contraste con su memorable y preciosa puerta verde de madera.

 Es una inmensa construcción de estilo Barroco que data de 1684 consta de una hermosa iglesia, convento, varios patios y salas. Hoy en día es un museo donde se muestra la historia de la Orden de Las Carmelitas Descalzas a las que perteneció.

Después de ver tanto templo y edificio singular en la preciosa Potosí, me compré un par de hamburguesas de cerdo con verdura en un puesto callejero. Estaban exquisitas y la vendedora era una niña de unos 11 o 12 años.

En Bolivia y Perú era bastante normal ver niños trabajando en cualquier menester.

Con esto di por terminada mi visita a Potosí. Con apenas días en Bolivia para terminar mi viaje, tenía mucho interés en llegar a Sucre. Así que volví al hostal donde me aloje y tomé mi bicicleta para ponerme en marcha. Eran las 13 horas y un buen momento para partir.

156 Km me separaban de mi destino,  pasaría de la altitud de Potosí 4067 m a los 2810 de Sucre.