lunes, 17 de abril de 2017

Abancay - Limatambo 107 Km



2298 m - 3992 m

Desde Abancay, 35 km subida al Nevado de Ampay 3992 m. Luego bajada de 52.6 Km hasta los 1855 m de altura llegando al río Apurimac, cruzando el puente Cunyac para bordearlo posteriormente por su izquierda. Más adelante progresiva subida de 17.4 Km en la orilla izquierda del río Apurimac hasta llegar a Limatambo situado a 2524 m de altura.





Ese día me desperté más tarde de lo habitual, ya que también me había acostado bastante tarde. Dormí muchas horas y descansé muy bien. Me di una vuelta mañanera por Abancay disfrutando de un día estupendo. El sol brillaba en todo su esplendor mientras los escolares trajinaban por las calles dispuestos a ir al colegio y las madres con los más pequeños a la espalda se desplazaban a sus quehaceres diarios.

Desayuné algo y anduve recorriendo la Plaza de Armas donde lucia en amarillo y la iglesia de Abancay, también llamada Catedral de la Virgen del Rosario.
























































Poco después monte en mi “caballo” de alforjas. La primera subida para salir de Abancay se me hizo pesadísima, aunque aquello no era nada comparado con la llegada a la periferia de Abancay. No exagero nada si digo que era una cuesta del 25%. Haciendo eses y resoplando como un búfalo herido, decidí claudicar y poner pie a tierra. Era la primera vez, pero me permitió sobrevivir. Dos Kilómetros andando después, la pendiente se normalizaba. Vamos que era de un 14 o 15% y a ritmo tranquilo podía subir a mi bestia metálica y a mi mismo.

Me lo tome con calma, ya que 35 Km de subida tomaría su tiempo. En esta subida paré varias veces a comer y beber, a descansar o cambiarme de ropa. Ya que empecé achicharrado de calor en las primeras rampas y como casi siempre en la cima la temperatura bajaba bastante. Pero incluso en plena subida a veces se nublaba y las corrientes de aire hacían que necesitara un maillot de manga larga.

Después de unas cuantas horas subiendo con sus respectivas paradas llegue a la cima.

Una vez arriba todavía me quedaba una deliciosa bajada de 52 km hasta el río Apurimac. Como casi siempre en estos puertos larguísimos había recorridos más llanos e incluso ciertas subidas.

Al empezar a bajar me sentía pletórico. En las bajadas disfrutaba muchísimo. Desde arriba se veía un horizonte lejanísimo; el que permitía una cima de casi 4000 m. Era delicioso el dejarse llevar y contemplar el paisaje. Y aunque pedaleaba bastante, el esfuerzo no tenía nada que ver con subir.

En las subidas iba en modo introspectivo, mi dolor y yo, negociando el sufrimiento. Todo para dentro casi nada para fuera. En cambio en las bajadas mi cabeza adoptaba el modo exterior, observando y disfrutando lo que había a mi alrededor todo el rato. Cualquier cosa o paraje interesante era motivo de parada, charla y fotografía. En las subidas, una parada me rompía el ritmo y no veía las cosas de la misma manera.

Ahora me enfrentaba a una maravillosa gran bajada, lo que implicaba cierta relajación y disfrute.







Cuando llevaba un 30 minutos bajando, tuve que parar a ponerme un segundo malliot de manga larga. Luego continué observando las praderas verdes que se asomaban curva tras curva. En una de las laderas a mi derecha distinguí unos puntos coloridos que se movían sobre una tierra bien arada. Separados de esos puntos otros tantos de color rosa. No sabía exactamente lo que estaba viendo, pero me llamó la atención tanto que decidí parar y hacer fotos. Pronto descubrí que eran agricultores los puntos en movimiento. Y que los puntos rosas estáticos eran sacos en el suelo. Desde una pequeña construcción a lado de la carretera vi como recogían los sacos. En fila india fueron subiendo los agricultores con ellos a la espalda hasta llegar hacia mi. Los depositaron en el suelo y todos ellos hacían una montonada multicolor, ya que el contenido de su recolección eran zanahorias; frescas, estupendas y grandes zanahorias.

Hablé con uno de los agricultores, que rápidamente me interrogó por mi viaje origen y destino. Descubrí con el tiempo que si ellos hacían las preguntas primero luego me dejarían preguntarles a ellos y me contarían cualquier cosa. Así que después de contarles algo de mi periplo en bicicleta, me contaron algo de ellos. Muchos eran familiares, y entre ellos había mujeres y niños. Los hombres lucían caras curtidas de las alturas y de su vida al aire libre. Estaban contentos y orgullosos de su recolección.

Quise hacerles unas fotos y ellos posaron gustosamente y entre risas. La verdad es que tiré unas cuantas. Posaron por grupos , incluso los más pequeños se prestaban a la labor. Una de las niñas lloraba al no querer verse sentada en un saco donde su madre la había colocado para el retrato.

Finalmente yo también pose en alguna foto con esta gente afable y buena.

Me despedí de ellos con cariño. Miré una vez más hacia atrás antes de dejar de verlos en la primera curva. Allí seguían despidiéndome con la mano.




























Bastantes kilómetros mas abajo y donde la pendiente era algo mas suave, apareció una pradera que acogía un gran campo de fútbol . En los márgenes de este la gente se agolpaba sentada al sol. Mujeres mayoritariamente con niños a su cargo, tomaban refrescos y algo de comida en aquel sábado soleado y de cielos limpios.

Curiosamente el partido sólo lo jugaban mujeres. Todo eran mujeres con niños o muchachos. Algunas abuelas cuneaban cariñosamente a sus nietos.










Después de un rato viendo el panorama seguí bajando en un deslizarse sin fin.


La siguiente parada coincidió en un puesto de carretera plagado de fruta; grandes y fresquísimos mangos como balones de rugby. El puesto se encontraba al pie de unas casitas. Aproveché para comprar un mango tamaño medio, bebida y descansar.





















































Pasados unos cuantos Kilómetros, llegué al río Apurimac, situado por aquí a 1855 m de altura. Lo bordeé por la derecha ya que la carretera discurría por esa orilla. Aquí el trayecto era bastante llano.

El puente Cunyac servía para que la carretera cruzara el río de derecha a izquierda. Así que el recorrido discurría por ese lado a partir del cruce.

Aunque se hicieron algo pesados los 17 Kilómetros finales hasta Limatambo situado a 2522 metros de altura, la belleza de los cañones por el que discurría el río me dieron el aliciente suficiente para que fuera una subida relativamente placentera. Además esta vez llegue de día al pueblo.

Una vez en el pequeño pueblo de Limatambo me dispuse a buscar alojamiento. Encontré una especie de posada en la plaza del mercado. No había mucho más donde elegir. Al entrar en la posada se atravesaba un gran y antiguo portalón que daba a un patio interior con algunos arboles y hierba en el suelo. Dentro había algunas edificaciones pequeñas que rodeaban a ese patio. Estas edificaciones eran de cal blanca con puertas y barandillas pintadas en azul cobalto. En el piso superior de una de estas casas había varias habitaciones disponibles. En una de estas me aloje. Eran habitaciones bastante espartanas pero decentes. De todas formas siempre tenía mi saco para ponerlo encima del colchón si hiciere falta.

























Después de dejar mis cosas salí a cenar. En un restaurante del pueblo comí bastante bien. No tardé en volver ya que me sentía bastante cansado ese día. Así que cuando me quise dar cuenta estaba dormido.

Al día siguiente me esperaba Cuzco la ciudad de los reyes Incas.