martes, 26 de diciembre de 2017

Uyuni III - Isla de Incahuasi- 2 días- 150 Km




Primer día: 50Km hasta la isla de  Incahuasi.
Segundo día: 100 km de vuelta a Uyuni

Con las primeras luces me levanté ilusionado y con ganas de pedalear por ese gigantesco lago de sal. Me quedaban unos 50 km para llegar a la isla de Incahuasi y no pensaba entretenerme ese día.

Preparé algo de desayunar y emprendí el viaje. Poco tiempo pasó para que pasara algún todoterreno cor turistas. Alguno paró para fotografiarme. Supongo que para ellos un cicloturista en aquel lugar era algo insólito. Alguno de estos turistas me hizo también el favor de grabarme con mi cámara para poder tener alguna escena y foto del salar donde apereciera mi persona .

Una hora después paré para contemplar unas extrañas piedras en medio del salar del tamaño de pelotas de fútbol, eran negras y durísimas. En un primer momento pensé que eran meteoritos porque justo a su alrededor había unos círculos semiconcentricos. Como si el impacto hubiera hecho esas extrañas formaciones. Más adelante pensé que era imposible  que fueran meteoritos, ya que uno con ese tamaño haría un boquete enorme y allí no había nada de eso. De todas formas me lleve un trocito de roca de recuerdo.












Kilómetros después encontré algún agujero en el suelo de un palmo de profundidad que dejaba ver agua y debajo de ella más  sal con formas extrañas.

Es increíble como engañan las distancias en los desiertos o salares, al no haber referencias laterales; lo único que te guía es un punto fijo que es la isla de Inchuasi que siempre está ahí. A 50 km, luego a 40, vas viendo cada vez más cerca y más grande la isla, pero te quedan 35 Km, que parecen 5. Cuando estas a 20 se ve tan grande la isla que parece mentira que el GPS marque 20 km para llegar, pero es totalmente cierto.

Pedalear en sitios así es maravilloso. Pero cuando uno lleva horas se hace un poco cansino jaja. A 10 Km ya se veían los detalles del relieve de la isla; sobresaliendo claramente los cactus gigantes como estacas clavadas en la formación de montañosa de la isla.

Por fín llegué a la isla, que era más grande de  lo que parecía desde lejos.

Antes de llegar a la zona con construcciones estuve bordeándola y viendo  su perfil y sus increíbles y enormes cactus.

Curiosamente la sal que había cerca de la zona rocosa de la isla no tenía las formas poliédricas de todo el salar, sino que estaba como la arena de la playa, un poco como en bruto y más natural.

Me dirigí luego a la zona “urbanizada”, que son unas pocas casas construidas  muy vistosamente con piedras de la isla. Allí había también un restaurante pequeño y una pequeña sala con libro de firmas. Del libro de firmas casi no me acuerdo, se que puse algo escueto de mi paso por allí.

Las casas eran claramente superadas en altura por los cactus que estaban por todos los lados de la isla.

De unas casas a otras había caminos de tierra marcados en sus márgenes por enormes piedras.














Después de una primera inspección rápida, pedí en el restaurante que me prepararan algo de comer. Aquí el precio era casi europeo. Uno se acostumbra a pagar muy poco por la comida en Perú y Bolivia y cuando toca pagar un poco más hasta duele. Pero necesitaba comer bastante y bien, todo regado con una buena y gran cerveza boliviana.

Un poco más tarde  busque donde alojarme. No recuerdo el precio pero por bastante poco me pude quedar en una habitación que solo tenía colchones y mantas pero que era única ya que una de sus paredes tenía una ventana enorme de tres por 2 metros con vistas al salar. El suelo era cálido al ser de un entarimado en madera. Un lugar perfecto y acogedor, sin lujos pero único.

Deje mi bici y mis cosas dentro  y estuve un buen rato descansando. Mi descanso consistía en remirar fotos y mirar rutas del GPS.

Después me anime a recorrer la isla a pie. Para ello hay que seguir un pequeño sendero que va ascendiendo poco a poco hasta su cima. Nada mas empezar a subir aparecieron una llamas propiedad de los que cuidan de la isla. Después de subir el primer  trecho aparecen unos cactus monstruosos de unos 7 metros de altura y con un grosor considerable.

Se llega a la cima enseguida y es aquí donde se aprecia la hermosura y belleza del lugar. Las vistas al salar son increíbles mires para donde mires. Montañas lejanas se ven en su perímetro y gracias a ellas sabemos que este lugar no es el auténtico cielo.

Algún todoterreno llegaba a la isla en ese omento y parecía un juguete ante aquellas dimensiones. Algunas nubes techaban el salar dándole un volumen especial. Estuve sentado un buen rato contemplando aquella belleza singular.

Poco a poco el sol fue bajando y los cielos azules tornaron a rosados al igual que las nubes , ante mi una puesta de sol sublime como nunca he visto.










Casi helado y entumecido baje de la cima, porque en cuanto se escondía el sol las temperaturas bajaban considerablemente. Así que desandé el camino hacia las casas de piedra. Para mi sorpresa cuatro  llamas correteaban por el salar con un pastor a su lado, disparé una foto que salió bellamente movida. Así que no cambie nada de mi cámara para aumentar la velocidad del disparo. Hice algunas fotos más cuando el pastor se alejo y corretee detrás de ellas.

Allí, en medio un desierto de sal  y correteando detrás de las llamas acababa un día fantástico.

Más tarde me fui a mi cuarto donde después de beber agua y comer galletas me metí en el saco a dormir.

Ya había decidido volver a Uyuni pueblo al día siguiente. Me quedaban apenas unos días y quería visitar Potosí y la bella Sucre en detrimento de cruzar al otro lado del salar dirección Sur hasta el pueblo Chuvica. Desde Chuvica se continua hasta la espectacular Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa: Un lugar de ensueño con La laguna Colorada y sus flamencos, laguna con un color entre rosada y roja. También en esta reserva se encuentra la laguna Cañapa de azul turquesa y la laguna Hedionda de  verde esmeralda,  paisajes de ensueño  rodeado de  volcanes nevados.

Esta reserva es algo realmente único y precioso en cuanto a parajes naturales, pero para visitarla requería más días de los que me quedaban entre ida y vuelta. Ya he comentado antes que en un viaje así hay que renunciar a algunos lugares por otros y no me arrepiento. Prioricé el Amazonas que fue algo mítico y precioso al igual que prioricé el glaciar del  nevado Huaytapallana y su preciosa laguna Lasuntay a 5000 m. No siempre se puede ver todo. Además Potosí y sobre todo Sucre me depararían grandes sorpresas y personas y lugares increíbles.

Así que pensando en mi vuelta a Uyuni del día siguiente, caí en un sueño profundo.









Vuelta a Uyuni pueblo

Me levanté más tarde de lo habitual, sobre la 7 de la mañana, desayuné tranquilamente y emprendí el camino de vuelta despidiéndome de la hermosa isla de Incahuasi o isla del Pescado.

Sabía que me quedaban pocos días, así que pedaleé con determinación durante todo el trayecto  para atravesar el salar de vuelta a Colchaca. Sólo paré un par de veces, una para beber agua y ver con sorpresa que un desvencijado autobús de mediano tamaño  rodaba hacía Colchani y parecía venir de Chuvica. Sería posible que hubiera transporte público? Parece que sí.

La otra parada la hice a falta de dos kilómetros antes de llegar a Colchani. Allí estaban los saladores extrayendo sal y cargándola a paladas en los camiones.

En la zona donde habían extraído la sal, el agua del lago se filtraba a la superficie creando bonitos reflejos.

Cuando llegue a Colchani paré en una casa que ofrecía deliciosos bocadillos redondos con huevos fritos y vegetales. Eran grandes y me comí dos. Quedé saciado del todo.

A la salida del pueblo aparecieron varias vicuñas salvajes que bebían en un charco formado en la parte arenosa del camino de vuelta a Uyuni.

Luego me crucé con una cicloturista belga que se dirigía al salar en ese momento. Hablamos amistosamente de  nuestras rutas y nos despedimos.

El camino irregular hacia Uyuni pueblo lo devoré con avidez pensando en Potosí y Sucre, mis próximos destinos.

Cuando llegué a Uyuni anduve buscando un autobús a Potosí. El más próximo salía a las 16:30 y llegaba a Potosí a las 20:30.

Apenas me quedaban días y debería llegar a los sitios como fuera, todavía pedalearía  algo desde Potosi a Sucre pero mi periplo de cicloturista estaba casi cerrado. Apenas me quedaban 4 días en Bolivia y una noche entera la ocuparía volviendo a La Paz, desde donde saldría mi vuelo a Madrid.

Eran las 13 horas cuando saqué el ticket. Después de hablar con la oficina de boletos o tickets y con el chófer, conseguí que me permitieran guardar  la bici y alforjas en el autobús, justo en un maletero que no era el común de las maletas, con lo que mi bici estaría a salvo de ser aplastada. También me permitía ver Uyuni pueblo con más tranquilidad hasta la hora de salida. Me cambié de ropa y me aseé como pude con una botella de agua.

Me adentré por el pueblo  con ropa limpia  y una pequeña mochila con mi cámara.

En los primeros puestos que encontré compre algo de pan y algunos frutos secos. Aproveche también para tira alguna foto.

A las 16:30 salio puntualmente el autobús a Potosí, en dos horas se puso el sol y el resto del viaje lo hicimos de noche. Llegamos a Potosí con algo de retraso, cerca de la 9 de la noche.

Cansado , saque mis cosas y pregunte en un par de hoteles. Me quedé en el segundo cuya habitación tenía baño propio.

Salí a cenar cualquier cosa y volví para acostarme pronto. Mañana caminaría por las calles de Potosí.










domingo, 26 de noviembre de 2017

El Salar de Uyuni II - 45Km




Dejé el cementerio de locomotoras del pueblo de Uyuni y me dirigí al salar.

Hasta la entrada del salar había unos 23 Km de camino duro, ya que este consistía en una carretera desdoblada que estaban construyendo los camiones y excavadoras, esta todavía estaba en una primer fase de tierra y muchas veces sin compactar. Así que tocaba pedalear duro en las zonas arenosas y sueltas como playas, o veces el suelo se endurecía y se llenaba de grava.
Cuando llegué a Colchani, el pueblecito de apenas unas casas que hay a la entrada del salar, el sol picaba un poco y aunque las temperaturas eran relativamente bajas, tocaba quitarse alguna prenda. Aproveché para comprar alguna botella de agua más y proseguí mi camino.

Justo a unos 150 metros de entrar en el suelo salino del salar, y después de haber dejado el pueblo de Colchani se encuentra un complejo hotelero singular, ya que está construido principalmente en sal. Es uno de los varios hoteles de sal que hay en Colchani. Este era el Hotel Sal de Cristal Samaña
Así que no me pude resistir y decidí verlo por dentro. Bueno no pude ver todo, ya que al no alojarme las habitaciones que son realmente increíbles, no pude verlas. Aun así los espacios comunes no me defraudaron. Este hotel de cuatro estrellas  es realmente caro para los sueldos de Bolivia. Unos 150 euros la noche.
Las paredes del exterior están hechas de grandes ladrillos de sal, al igual que las paredes del interior. Había también algunas estatuas simpáticas realizadas en Sal, como un gnomo, un oso polar o un muñeco de nieve.
Pero lo que más me llamo la atención fue lo no modificado o natural. Resulta que el suelo en las zonas comunes era de sal en bruto, sin comprimir ni modificar. Andabas como por una zona arenosa, solo que en vez de tierra tenía sal.
Otra curiosidad eran los relieves de las paredes, cincelados en la misma sal de los ladrillos de la pared. Estos relieves tenían motivos andinos y eran verdaderas obras de arte.


































La zona de recepción era preciosa con una enorme columna con relieves y un mostrador consistente, todo ello de sal por supuesto.
En otro apartado de las zonas comunes había una chimenea de piedras y en frente un sofá de sal con cojines para suavizar su dureza. Delante del sofá un pequeña mesa redondeada y robusta también de sal.
El comedor era espectacular, ya que estaba ubicado en una construcción circular de unos 22 metros de diámetro. El techo era de vigas de madera  y el suelo al igual que los pasillos era de sal a granel, las mesas en madera lucían blancos manteles en consonancia con el blanco de la sal. Por otra parte el comedor circular era muy luminoso al tener este grandes ventanales.
Los techos eran altísimos y toda la construcción tenia forma de choza gigante con techo cónico.
Una columna de 1,20 m de diametro  con relieves de aves, se elevaba 8 metros desde el centro de la sala a la parte más alta de tejado cónico. Este tejado tenía grandes tragaluces que hacían más luminosa toda la estancia
La verdad es que fue increíble y entretenido visitar una construcción así.
Antes de irme no pude resistir la tentación de lamer una pared y probar su sabor salino.

A la salida del hotel y al lado de uno de sus edificios anexos había una vieja y destartalada camioneta verde. Esta era bastante antigua y lucía preciosa en aquel lugar.

La verdad es que siempre iban apareciendo sorpresas y cosas que visitar. Cuando por fin parecía que me iba adentrar en el salar, siempre surgía algo digno de verse  y por lo que parase. Primero fueron las locomotoras del pueblo de Uyuni, luego el hotel de sal y cuando parecía que ya nada me detendría encontré las curiosas montoneras de sal que hay al principio del salar.

Nada más empezar a pedalear en el salar te encuentras cientos de montículos de sal que suelen recoger los trabajadores de la sal con sus camiones. Al lado o debajo de estos montones de sal se encuentran unas zonas rectangulares de unos 6 x 4 metros y un palmo de profundidad de agua.
Estas formaciones donde se extraen la sal eran bonitas y singulares y merecedoras de verse con detalle, ya que luego se da paso a un llano constante de sal con su suelo de formas geométricas durante el resto de recorrido por el salar.
Así que allí entre montículos y rectángulos de agua salina me paseé y fotografíe. Incluida la foto típica donde uno se ve pequeño al lado de algo de tamaño normal por la ilusión óptica que se produce al no haber referencias.





















Después salí en dirección a la isla de Incahuasi (casa del inca en Quechua).
Mis primeras pedaladas sobre el salar ya en ritmo constante fueron gloriosas. Esa sensación de pedalear por el cielo era extraordinaria.
Tan blanco, tan inmenso, tan hermoso, con todo el tiempo del mundo, sin prisas, con el cielo azul como techo, con la sal blanca como lecho, con las miradas de las montañas lejanas, apenas un perfil insinuado. Iba cantando y silbando en mi bicicleta, emocionado como nunca.
Y sentí, sentí ,sentí como nunca que estaba vivo.

Ocho Kilómetros  después aparece otra construcción de sal, un hostal medio derruido. Unas cuantas personas lo visitaban en ese momento. Habían llegado allí en dos todoterrenos. Saludé con la mano y seguí mi camino.

Cuando me quise dar cuenta vi que el sol estaba bastante bajo. Había hecho tantas paradas para ver cosas maravillosas que apenas había pedaleado ese día.
Ocho Kilómetros después de este hostal desmoronado decidí plantar mi tienda. Era lo mejor que me podía pasar. Si hubiera llegado a la isla de Incahuasi hubiera dormido en las construcciones de la isla y a cubierto. Pero al haberme entretenido  más de la cuenta me permitía dormir en medio del salar.
Ese día apenas había pedaleado 44 Km, pero había visto cosas maravillosas y sitios increíbles. Me recreé con ganas en cada una de ellas y estaba feliz y en el mejor lugar del mundo.

Quedaba una hora y media de luz antes de anochecer. Así que aproveché para colocar la tienda con calma pero no sin esfuerzo. Menos mal que me había llevado una gran piedra de pedernal y que tenía por picas unos clavos de hierro de 15 centímetros de largo por medio de grosor. Los clavos los adquirí los primeros días de cicloturismo en Los Andes al comprobar que las picas de aluminio de la tienda se doblaban ante la primera resistencia del terreno. La piedra de pedernal la cogí en el pueblo de Colchani  pensando que necesitaría algo contundente para clavar los clavos de la tienda. Y menos mal que llevaba ese piedrón, porque incluso con ella me la vi para poder clavar esas superpicas que eran los clavos de hierro.
Era tan dura la costra de sal que cada clavo que puse me supuso muchísimas pedradas de las fuertes. Eso sí, esa tienda estaba unida al salar férreamente.








Cené con calma y tranquilamente en medio de aquella blancura, silencio y momento mágico.
Incluso los todoterrenos habían dejado de pasar pues ya estarían en su lugar de destino.
Así que solo en aquel lugar miraba como en la línea del horizonte un sol limpio se escondía por momentos. Cuando este desapareció del todo, la temperatura pareció bajar repentinamente y el viento redoblo sus fuerzas. En el horizonte aparecieron colores rosados suaves de un ocaso único. Recogí las cosas y me metí en el saco.

Ya de noche cerrada salí fuera para ver aquellas estrellas que casi se podían tocar en aquellos cielos limpios de los Andes.
Esa noche dormí con algo de ropa puesta, ya que hacía bastante frio. En concreto -13 grados Centígrados. Y aunque tenía mi supersaco de plumas del Kilimanjaro, llevaba unos días más destemplado de la cuenta seguramente por mi pérdida de peso.
Así que con algo de frio me acosté en mi saco dentro de mi pequeña tienda.
No me dormí en seguida como otras veces por el frio, poco a poco fui entrando algo más en calor y me abandone en aquella cama blanca de 10 582 km²